Si algo enseñó José Reyes es que el béisbol no se mide solo con estadísticas: se mide también con emoción.

Hay peloteros que no solo juegan, sino que iluminan el terreno. José Reyes fue uno de ellos. Con su sonrisa contagiosa,su velocidad desbordada y su estilo inconfundible, convirtió cada partido en un espectáculo.

Reyes vino al mundo el 11 de junio de 1983, en un hogar humilde de Santiago. Desde pequeño, la pelota era más que un juego: era una manera de soñar. Con apenas 19 años, los Mets de Nueva York lo firmaron como torpedero, y desde su debut quedó claro que había nacido para brillar. Su juego era pura adrenalina: un batazo a los jardines se transformaba en un triple, una base por bolas en una amenaza de robo.

Los fanáticos lo apodaron “La Melaza”, porque su alegría y sabor caribeño estaban siempre presentes.

En 2011 alcanzó la cúspide de su carrera: con un promedio de .337 se convirtió en el líder de bateo de la Liga Nacional, un logro reservado para los grandes.

Ese mismo año encabezó la liga en triples con 16.

Pero sus hazañas no se reducen a un solo año. En su trayectoria de 16 temporadas en Grandes Ligas, Reyes acumuló más de 2,100 hits, disputó 1,877 partidos y robó 517 bases, cifra que lo coloca entre los 40 mejores en la historia del béisbol. Conectó 145 jonrones, 387 dobles y 131 triples, números que hablan de un pelotero completo, capaz de hacer de todo un poco.

Sin embargo, lo que verdaderamente definió a José Reyes no fueron las estadísticas. Fue su manera de jugar. Corría como si el diamante fuera demasiado pequeño paracontenerlo, deslizándose con gracia en cada base robada. Sus compañeros lo recuerdan como un líder alegre, alguien que levantaba el ánimo del dugout con un chiste o una sonrisa.Los fanáticos lo admiraron porque jugaba con el corazón abierto.

Asistió a cuatro Juegos de Estrellas, ganó un Bate de Plata y fue varias veces líder de triples y bases robadas. Pero, más allá de los premios, lo que quedó grabado en la memoria colectiva es el espectáculo de verlo en acción: ese instante en que la bola salía disparada al jardín y Reyes, ya en primera, desafiaba la distancia hacia segunda, tercera y hasta el plato.

Hoy, cuando su nombre se escribe en el libro dorado del deporte dominicano, Reyes representa mucho más que un pelotero exitoso. Es el símbolo de una generación que jugó con pasión, que entendió que el béisbol es un puente entre la esperanza de un niño y la grandeza de un país entero.

Su exaltación al Pabellón de la Fama no es solo el reconocimiento a sus números, sino a la forma en que transformó el juego en alegría, en espectáculo y en orgullo dominicano.

Revista Ceremonial 59

2025

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