En el universo del béisbol dominicano, pocas trayectorias han combinado la fuerza y la constancia con la serenidad del deber cumplido.


Edwin Elpidio Encarnación Rivera, nacido el 7 de enero de 1983 en La Romana, convirtió su carrera en una obra de paciencia, precisión y poder. Durante dieciséis temporadas en las Grandes Ligas, su bate fue un estandarte del talento dominicano.

Su historia comenzó lejos del ruido mediático, en los campos de Caguas, Puerto Rico, donde su padre, Elpidio Encarnación, una gloria del atletismo dominicano, entrenaba jóvenes atletas. Allí, entre rutinas y sacrificios, Edwin aprendió el valor del esfuerzo. En el año 2000, los Rangers de Texas lo eligieron en la novena ronda del draft, pero poco después fue traspasado a los Rojos de Cincinnati, donde debutó en 2005.

Con los Rojos mostró las primeras señales del poder que lo distinguiría. En 2008 alcanzó 26 jonrones, consolidándose como un bateador de impacto. Sin embargo, su consagración llegaría en Toronto, a partir de 2009, cuando los Azulejos le dieron el escenario perfecto para desplegar su talento.

Desde 2012 hasta 2019, Encarnación firmó una de las rachas más notables del béisbol moderno: ocho temporadas consecutivas con más de 30 cuadrangulares, seis de ellas superando las 100 carreras impulsadas.

En 2016, vivió su apogeo: 42 jonrones, 127 impulsadas que les valieron para lograr el liderazgo de ese encasillado en la Liga Americana.

Fue también tres veces All-Star (2013, 2014 y 2016), alcanzó la cifra de los 400 jonrones en 2019 y cerró su carrera con 424 batazos de cuatro esquinas, 1,261 carreras impulsadas, 1,099 anotadas y un promedio de .260 en 7,040 turnos al bate. Cifras que lo ubican entre los grandes artilleros dominicanos de todos los tiempos.


Encarnación vistió los uniformes de Cincinnati, Toronto, Cleveland, Seattle, Yankees de Nueva York y Medias Blancas de Chicago, siempre con la misma humildad del jugador que entiende que el béisbol es tanto arte como resistencia.

A lo largo de su carrera se desempeñó como antesalista, inicialista y bateador designado.


En la Liga Dominicana de Béisbol Invernal (LIDOM), defendió los colores de las Águilas Cibaeñas, equipo con el cual se coronó campeón las temporadas de 2004 05, 2006-07 y 2007-2008.

En la campaña del 2006-07 resultó Jugador Más Valioso. Y en sus registros en LIDOM igura el partido en que bateó para el ciclo el 15 de noviembre del 2005.


Hoy, cuando su nombre se inscribe entre los inmortales del deporte dominicano, el homenaje no se limita a sus logros en el diamante. Es también un tributo al carácter: al joven que aprendió de su padre la disciplina del esfuerzo, al profesional que nunca cedió ante la fatiga, y al hombre que, con el temple de los grandes, supo convertir su talento en legado.

Revista Ceremonial 59

2025

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